Nuestra sangre tenía valor antes de que alguien le pusiera precio.

A nuestra sangre le están llamando una «mina de oro».

Me quedo un rato en esa frase. Pienso en lo distinto que suena de todas las palabras con las que aprendimos a nombrarla. Y en cuánto puede cambiar una mirada cuando aparece la posibilidad de hacer dinero.

Hay razones para prestar atención a la investigación.Del flujo menstrual se pueden aislar células con propiedades que interesan a la medicina regenerativa. Esto se documentó, al menos, desde 2007. También se estudian sus posibles usos para conocer mejor nuestra salud. Hay avances y preguntas abiertas; los resultados de laboratorio necesitan recorrer un camino antes de convertirse en tratamientos probados.

Agradezco que esta conversación se esté volviendo tendencia. Que abra preguntas y despierte curiosidad por algo que tantas veces hemos vivido en silencio. Quiero que se investigue nuestro cuerpo y que ese conocimiento llegue a las mujeres que lo necesitan.

Aun así, me entristece que tenga que venir la ciencia a decirnos cuán preciada es nuestra naturaleza femenina para que empecemos a mirarla con orgullo.

 

¿Qué habría cambiado en nuestras vidas si hubiéramos aprendido a valorar esa sangre desde el principio?

La artista e investigadora WhiteFeather Hunter lleva años trabajando con materiales menstruales. En sus textos cuestiona la fiebre comercial que los rodea y pide mirar quién se beneficia. Su crítica me hace detenerme en la palabra «mina»: cuando el cuerpo se presenta como un lugar del que extraer algo, ¿cuánto espacio queda para la persona que lo habita?

Yo quisiera retroceder hasta un momento mucho más íntimo. Hasta aquel primer sangrado. Hasta la manera en que nos miraron cuando dijimos que algo estaba pasando.

A muchas nos dijeron: «Ya eres mujer». Y todavía éramos niñas.

Necesitábamos saber qué sucedía, sentirnos acompañadas y poder hacer preguntas sin bajar la voz. A veces, lo que recibimos fue una toalla sanitaria, unas instrucciones rápidas y la advertencia de tener cuidado.

Aprendimos a resolver la mancha. Algunas aprendimos también a esconderla, a revisar la ropa antes de levantarnos de una silla, a pasarle una toalla a una amiga con la discreción de quien entrega algo prohibido. Lo cotidiano puede enseñar vergüenza sin que nadie tenga que pronunciar esa palabra.

Pienso en lo que una niña entiende de sí misma cuando descubre que una parte de su cuerpo debe permanecer invisible. Quizá todavía no sabe explicar lo que siente, pero empieza a aprender qué cosas puede mostrar y cuáles es mejor callar.

Todo ser humano nace de un vientre. Ese lugar que nos ha dado origen debería merecer, por lo menos, nuestra curiosidad y nuestro respeto. Entonces, ¿por qué, para tantas niñas, lo primero que nace alrededor de su sangre es vergüenza? ¿De dónde viene ese asco que aprendemos a sentir hacia una parte de nosotras?

Ahí está la raíz a la que quiero volver. La raíz de nuestra verdad: cómo nos reconocemos y nos aceptamos ante nosotras mismas y ante el mundo.

En ese primer encuentro entre lo que nuestro cuerpo hacía y lo que nos enseñaron a sentir sobre ello pueden empezar a echar raíces muchas de las ideas con las que después nos habitamos.

Nuestro ciclo menstrual merece ser una parte importante de nuestra guía. Un compás al que podamos volver, un mapa que aprendamos a leer con curiosidad y algo que podamos vivir con orgullo. Conocerlo puede ayudarnos a orientarnos en nuestro propio cuerpo, a reconocer cambios y a expresar lo que necesitamos.

Me gustaría que esa relación empezara con una bienvenida.

Mi interés por el ciclo menstrual tiene mucho que ver con esto. Con preguntarme qué parte del rechazo que sentimos hacia nuestro cuerpo aprendimos antes de tener palabras para cuestionarlo. Y con la posibilidad de regresar, ya adultas, a mirar con más ternura algo que tal vez recibimos con miedo.

Ahora escuchamos que nuestra sangre es valiosa. Quisiera que esa conversación nos ayudara también a preguntarnos cómo nos hemos tratado durante todos los años en que sangrar no parecía merecer tanta atención. Y a reconocer cuánto de nuestra relación con el cuerpo sigue arraigado en lo que aprendimos entonces.

La comercialización ya tiene ejemplos concretos. Muse Bio describe un ingrediente para el cuidado de la piel obtenido de sustancias que liberan células cultivadas a partir del flujo menstrual. Su programa contempla compensar a las donantes y la empresa afirma que los ingresos apoyan su investigación en salud femenina.

Al leerlo, me pregunto cuánto sabemos de lo que aceptamos entregar. Qué ocurre después con nuestras muestras y nuestros datos. Quién decide sobre sus usos. Y si las mujeres que contribuyen podrán acceder a lo que se desarrolle gracias a ellas.

Son preguntas necesarias, incluso cuando una idea nos entusiasma.

Mientras tanto, como han documentado UNICEF y la OMS, hay niñas que no pueden costear productos menstruales y muchas llegan a su primera menstruación sin información suficiente. Me cuesta celebrar el valor de esa sangre sin pensar también en las condiciones en las que se está viviendo.

Valorarla tendría que sentirse en la vida de quien sangra. En un baño donde pueda cambiarse con privacidad. En una conversación que no la haga sentirse sucia. En poder decir «me duele» y que alguien la escuche con seriedad.

Y también puede empezar en nuestra propia casa, con una pregunta que quizá llevamos tiempo evitando: ¿cómo fue para mí recibir mi primera sangre? ¿Qué me dijeron ese día? ¿Qué habría necesitado escuchar?

Volver a la raíz, para mí, es hacerle espacio a esa memoria. Tal vez encontramos una bienvenida amorosa. Tal vez aparece una tristeza pequeña que nunca habíamos atendido. Podemos mirarla sin convertirla en otra tarea que hacer bien.

Cuando hablo de lo sagrado, hablo de esa atención. De reconocer que este cuerpo merece cuidado incluso en los días en que resulta incómodo habitarlo. Honrar el ciclo incluye poder buscar alivio y atención; no nos obliga a agradecer el dolor.

A veces esa atención toma la forma de un ritual sencillo. Bajar el ritmo un momento. Apoyar una mano sobre el vientre y preguntarnos cómo estamos. Cuidar nuestra piel sin acercarnos al espejo con la intención inmediata de corregirla. Para mí, esos gestos abren una conversación con el cuerpo que durante mucho tiempo pudo haber quedado pendiente.

También pienso en lo que enseñamos a los niños. En cómo hablamos de la menstruación delante de ellos, en las bromas que permitimos y en lo que damos por supuesto. La forma en que una niña recibe su sangre depende, en parte, del mundo que los adultos hemos construido alrededor de ella.

Me gustaría que la atención que está recibiendo hoy nos llevara hasta ahí. Que junto al entusiasmo por lo que se puede investigar hubiera una voluntad de acompañar mejor a quien está empezando a sangrar. Y de escuchar a las mujeres que llevan años haciéndolo.

¿En qué nos estamos arraigando?

Me hago esa pregunta al pensar en todo lo que hemos aprendido a sentir sobre nuestra sangre. En cuántas decisiones seguimos tomando desde la vergüenza, en cuánta confianza hemos puesto en las voces de afuera. Quisiera que nuestra propia experiencia tuviera también un lugar desde el que guiarnos.

Nuestra sangre tenía valor antes de que alguien le pusiera precio. Agradezco que hoy se hable de ella. Y deseo que, cuando pase la tendencia, nos quede una relación más amorosa con nuestra naturaleza femenina. Que podamos reconocernos en ella con orgullo, incluso cuando nadie más esté mirando.

Si algo de esta conversación te ha tocado, vuelve un momento a aquella niña. Acércate con la calma que quizá le faltó entonces. Cuéntale lo que hoy sabes de su cuerpo. Pregúntale qué necesitaba.

Puede que volver a tu raíz empiece por darle, al fin, esa bienvenida.